Mi perro está viejo
Y fue de un día para el otro
Un día me di cuenta de que Argus se tambalea cuando camina: las caderas se le van hacia los costados, sus patitas ya no pisan firme y, muchas veces, termina chocando contra las paredes.
Ya no salta al sillón ni a mi cama por su cuenta; mi papá, que antes lo bajaba de ambos lugares, ahora lo ayuda a acomodarse con una mezcla de pena y cariño.
Tampoco escucha cuando lo llamo y, ahora, sus ojos negros tienen una capa azul delante. Me acuerdo del día en que mi prima de seis años me preguntó: “Ivi, ¿desde cuándo Argus tiene los ojos claros?”.
Su pelaje, que siempre fue gris, ahora tiene “canas” blancas. Está más lento, más tranquilo y selectivo. Necesita que le humedezcamos la comida para poder comerla y pide que le abramos la puerta del patio con más frecuencia para ir al baño.
Argus envejeció, y no es el único: mi papá también tiene canas en la barba y en el pelo, la vista más cansada y el oído un poco tapado. Se sienta soltando un suspiro más fuerte que antes y ya no toma lácteos. Igual que mi perro, él también cambió.
En mi mamá los años se notan menos, aunque sus frases ya suenan más “de señora”: “soy así y no me van a cambiar”, “ya no estoy para esto”, “tengo que aguantar un par de años y me jubilo”. Ahora hace yoga y tejido, ajustó su dieta y tiene tres pares de anteojos distribuidos en todos sus bolsos.Y como sus canas se mezclan con su pelo rubio a lo Susana Giménez, me llevó un poco más descubrir que en ella también hubo transformaciones.
A veces estoy tan pendiente de cómo avanzo yo que olvido que el resto también sigue su propio camino. Y mientras miro a Argus acomodarse despacio, entiendo que la vida no avisa; simplemente avanza, llevándose la juventud de mis padres y la de mi perro.

